Hubo un tiempo en que me creí capaz de dar lecciones a los demás. Consejos cargados de significados, ejemplos y cariño. Desconocía que no era nadie para "ayudar" en ese modo pero me crecía pensando en todo lo que podía aportar gracias a lo que creía saber.
Ese tiempo aún no lo he dado por terminado. No sé cómo. ¿Cerrojazo, portazo?. Algo tengo que hacer. Si no, puedo perder más de lo que quiero.

Pero me aterra pensar que pueda volver al momento en que yo necesitaba esas lecciones tanto que me cegaba sin verlas delante de mis ojos. Que nadie acertaba con los consejos porque me parecían hablar de otras realidades que no eran la mía. Buscaba una ayuda sin saber dónde mirar y me perdía las horas, y los días, y no pasaba nada.
Nunca supe de qué manera sucedió, pero lo vi. Noté que algo había cambiado y no me paré a pensarlo porque, simplemente, me gustaba. Lo guardé al principio en silencio pero una vez salió de mi boca y ya no lo pude parar. Procuré ponerle puertas y candados. Sólo lo abría cuando veía la necesidad de dejarlo escapar, fluir.
Ahora creo que he perdido la visión de la línea que diferencia la necesidad, o la falta de ella. No puedo relegarlo a cumplir una petición, porque rara vez me lo solicitan. Ni puedo esconderlo si creo que sirve de ayuda o consuelo.
Dónde está la varita que retira todo velo de duda y nos hace distinguir las cosas que "debemos". La línea que separa lo bueno y lo malo siempre está borrosa y turbia. La que marca al amigo y al entrometido. La que diferencia entre la confianza y la grosería.
En este momento no veo ninguna. Tendré que aprender a dibujarlas. A trazar un margen que me ayude a no meter el pié en terrenos que no quisiera conocer. Me enseñaron dibujo técnico, geometría, proporciones. A hacer un croquis a mano alzada, a usar el rotring y hasta software de diseño. Aún espero que alguien me enseñe a dibujar esas líneas nada más.
Mónica.-
No hay comentarios:
Publicar un comentario