lunes, 9 de julio de 2007

El deseo y el dolor

Hace días que quería encontrar el momento para escribir sobre un tema que me ronda la cabeza últimamente. Parece que ese kit-kat propicio para apuntar las ideas aquí no surge nunca, así que he decidido que este es un momento tan malo como cualquier otro...

Llevo varias semanas intentando trazar una línea de pensamiento desde una idea que comenzaba a madurar, y es que creo que el deseo y el dolor son tan necesarios como temidos para nuestras vidas. A pesar de que la mayoría de las cosas que aprendemos en la vida nos vienen dadas a través de lo que deseamos o de lo que nos produce dolor somos capaces de rehuir a ambos de manera compulsiva. .

Alguien, llegado a este punto, me puede decir que: es lógico intentar evadirse del dolor, es humanamente razonable desear que el sufrimiento, la pérdida, la angustia, la rabia, la soledad, la tristeza y cualquier otra forma de sufrimiento pase por nuestro lado sin rozarnos. Y esa persona puede pensar que esto no es censurable.

Además, seguramente, encuentre extraño que se hayan comparado dos términos aparentemente tan diferentes. Si bien estará de acuerdo con el rechazo que nos produce el dolor, asociado siempre a la pena y al daño, probablemente pensará que el deseo, siempre vinculado al placer, la sensualidad y la satisfacción, no nos causa ese temor ni esa objeción a que se nos acerque y nos alcance.

Pues yo creo que sí, que tememos desear tantas veces que enumerar los motivos que nos llevan a ello parece mucho más complicado que la lista de razones por las que evitamos el sufrimiento.

Pero si nos paramos a pensar seguro que descubrimos las ocasiones en que nos hemos reprochado a nosotros mismos haber sentido un gran deseo por algo en concreto sólo porque esa sensación nos ha mostrado una parte de nosotros mismos que negamos poseer, o que nos asusta descubrirla en nuestro interior.

A menudo hemos llegado a censurar nuestros propios pasos por miedo a caer en la falta de objetividad, realmente no somos capaces de emitir un juicio libre sobre algo que nos produce un fuerte deseo, que ambicionamos, que anhelamos o que, simplemente, por el hecho de pensar en nuestro objetivo nos invade una emoción (incluso, obsesión) tan potente que nos ciega.

La mayoría de los cambios de nuestra vida se deben a una ecuación aparentemente sencilla: conseguimos lo que deseamos o no. En realidad no todo es tan simple y cuando pensamos que alcanzar nuestro deseo es la meta a ganar nos olvidamos, frecuentemente, de lo que nos ha supuesto entre lo que hemos dejado por el camino para conseguirlo y lo que nos transforma el haberlo logrado. De la misma manera aquellos que, por falta de éxito, se obsesionan en alcanzar su deseo sin mirar más allá se arriesgan a perderse por trayectos irreales hacia él o hacia la imagen que han proyectado sobre él.

Siempre exponemos el deseo ante juicio o censura, tanto personales como sociales. Y, cuando pretendemos sujetarlo corremos el riesgo de romper las cuerdas y que nos caiga encima.

Mi sincera opinión, y con esto no concluyo pero prefiero expresar en este punto mi modo de ver la situación y mi objetivo (pretendido): persigo aceptar tanto el deseo como el dolor que aparecen en mi vida, creo que, de esa manera, reconociéndolos y centrando cada uno en el lugar del camino que merecen, pueden enseñarme tanto de mí como de lo que me rodea. De ese modo aprenderé a luchar para conseguirlos o traspasarlos cuando lo necesite. No gano nada con huir de ellos creyendo que los he dejado de lado si, al volver la esquina, me tropiezo de repente con su presencia, más intensa aún que antes, enormes ante mis ojos y sin saber hacia dónde volver a huir.


Continuará? Eso espero...Mientras tanto, opina sobre el tema aquí, me gustaría mucho leerlo

Camino.- (Mónica, LittleBit)

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